lunes, 27 de junio de 2016

No se renuncia a una pasión

Qué difícil mañana para el argentino futbolero medio. Será una semana dura. Digerir otra derrota más en el plano deportivo no será fácil para un país agrietado y a la espera de un semestre de cambio (sin que nada lo asegure).
Los argentinos somos así. Ansiosos, ponemos el fútbol, quizás a la economía y a la política también, en una misma balanza que ensancha diferencias y nos hace únicos. Muchas veces se deja en manos de un Dios que no existe.
O si existe, juega al fútbol y lleva la 10 en la espalda.
El mismo que ayer abatido, mostró su lado infantil y se dejó llevar por una bronca guiada por las repetidas finales perdidas. Nadie creyó a Messi cuando dijo: “Se terminó la selección para mí”. Pero duele, porque somos exitistas.
Esa falsa condición de ídolo extremo que nunca pidió serlo hoy lo muestra más humano que nunca. El rey sin corona.
Lloró tras la derrota, muchos lo hicimos.
Messi y Mascherano (lo sumo por experiencia) forjaron una nueva generación argentina de jugadores que no supieron decorar un mes de competencia. Que quedaron tan cerca que ese paso ausente los catapulta hacia la derrota excesiva.
Duele cada palabra y a la vez los hace grandes. Otra desilusión que nos pone en un escalón significativo del subcampeón. Algo que el argentino medio no acepta. “Si tengo al mejor jugador del mundo, tengo que ganar”, piensa.
Y eso lo hace vulnerable. Lo condiciona y lo esclaviza a un pensamiento futbolero y genuino.
Ahora vendrán semanas de pocos temas para hablar, o en agosto centraremos la atención en los Juegos Olímpicos y nos convertiremos en opinólogos y especialistas de equitación y el waterpolo. Pasionales, así somos.
Repasemos: futboleros, ilusionistas, ansiosos, exitistas, extremistas, excesivos y pasionales. Así somos.
Pero de algo pueden estar seguros Messi, Mascherano y todo aquel que criticamos sin saber lo que significa ser ellos mismos: No renunciamos a nuestras pasiones.

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